martes, 16 de octubre de 2012

Es difícil ponerse de acuerdo, pero es posible…


por Pedro Aguer


Es difícil ponerse de acuerdo, inclusive contra los monopolios, y cuando los monopolios abarcan infinidad de errores haciendo de estos un verdadero monopolio, dado que el que los comete es una persona o un grupo, lo es más aún. Las expectativas de ser invitados al negocio o a sus festines, pareciera anestesiarla conciencias. O la ignorancia de otras perspectivas impide ver nuevos horizontes.


Sabido es que todo monopolio es insaciable y en consecuencia de efectos imprevisibles y nefastos para la sociedad que abastece. Carece de sensibilidad social. Ningún monopolio es bueno en cuanto al proyecto futuro de los países o de las regiones. Lo que es a todas luces comprobable.
Los monopolios se apoderan de los gobiernos y los someten a su entera disposición. Un argumento deleznable es cuando para llevarlo adelante con el pretexto invariable del “progreso”, los gobernantes de turno dicen, ante las lógicas reacciones populares: “algún costo político había que pagar”. Obviando la verdadera respuesta: qué importa, si el que sufre es el pueblo. Por cierto no los funcionarios ni los amigos, etc.


No importa si son extranjeros o”nacionales”, su interés reside en la explotación del hombre por el hombre. Todo a través de la acumulación de la ganancia.
El capitalismo no se humaniza. Su único fin es la ganancia desmedida. No importa el daño que produzca. De lo contrario no existirían los bolsones de pobreza, que resultan de la marginación de las grandes mayorías condenadas a la miseria eterna.
El asistencialismo debe ser solución para las emergencias, pero no un método de aplicación continúa. 


Lo inadmisible es que se justifique con modelos francamente asistencialistas el exitismo pasajero, en lugar de proponer alternativas sustentables de desarrollo social. Lo único que por ahora se opone a las tendencias monopólicas es la solidaridad organizada autogestionariamente. Es decir, sin la ingerencia del Estado. 


Una política adecuada por parte del Estado sería promover la autogestión y fomentarla con ayudas financieras. Por ejemplo créditos que sean accesibles y de posible amortización, de tal modo que los protagonistas del proyecto no sean devorados, sino que encuentren en los mismos el estímulo necesario para seguir adelante, sin sentir – como ocurre habitualmente – la espada de Damocles rozándoles el cuello.  


Las organizaciones de carácter solidario, cooperativas y mutuales, de primer orden, pongamos por caso, pueden reorganizarse en organizaciones de segundo y tercer orden (federaciones y confederaciones), lo que les permite participar del mercado en mejores condiciones cuantitativas y cualitativas, para enfrentar a las de carácter capitalista.


De esto tendríamos que esta hablando entusiastamente los argentinos. De manera tal que no nos ofrezcan tan ligeramente y con tan poca responsabilidad sólo salidas asistencialistas o asociaciones inadecuadas o falsas, que agravan en lugar de solucionar el problema de la desocupación.


Además, como alternativa distinta de los monopolios lo que estamos tratando se diferencia bastante de otros monopolios, a los que se pretende presentar como nacionales, cuando en realidad el capital no tiene patria. 


Las cooperativas y las mutuales son agrupamientos cuyo fin es económico social, sin fin de lucro, como fin en sí mismo, con amplia apertura y neutralidad en lo racial, en lo religioso, en lo político partidario, y los objetivos que se pueden lograr abarcan todos los aspectos de la vida: en lo económico como en lo cultural. 


Por cierto, no son panaceas. Son organizaciones humanas, no celestiales, pero donde la gestión que en ellas se realiza está subordinada a las necesidades del hombre, no al revés. Se trata de un protagonismo eminentemente democrático en igualdad de posibilidades, con miras a una revolución social, entre los hombres y los pueblos, en paz y armonía.

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