LA VERDAD GENERA PROGRESO, NO LA MENTIRA
por Pedro Aguer
Dialogar con quienes aceptan la corrupción en el ámbito de la política resulta interesante, sobre todo cuando provienen de una formación dentro de los códigos tradicionales de la honestidad. Tanto que pareciera algo fenomenal, pero es más frecuente de lo común y corriente.
Pareciera que aquello que sostenía Yrigoyen de que en política, “tratándose de construir hasta la bosta hace falta”. Pensaba en los adobes que se elaboraban con bosta de caballo. Lo que requería una cierta proporción.
Pareciera que los valores éticos son insostenibles en política. Es así como El Príncipe, de Maquiavelo, vale por la frase “El fin justifica los medios”.
Cuando se argumenta sobre lo importante que resultaría para la recuperación de la credibilidad que los políticos sean honrados, como Illia, por ejemplo, descargan el argumento de su destitución por un golpe militar. O de Elpidio Gonzáles que después de su larga y resonante trayectoria cuando se jubiló siguió vendiendo anilinas en las calles porteñas, y si se echa manos a la memoria de Alem o de Lisandro de La Torre se despachan con que se suicidaron. No les importa que se trate de nombres ilustres que representaban una gran parte del ideario progresista en Argentina.
Se lo califica a Binner de “limpito”, irónicamente después del exabrupto de Larroque en la Cámara de Diputados, pretendiéndose manchar al Socialismo como aliado al narcotráfico, como si éste no fuera un problema nacional.
Pareciera que los caminos del éxito en la arena política están alfombrados por el delito, la corrupción, los negociados… y que los logros políticos son de quienes “roban pero reparten”.
Pareciera que la filosofía de “Cambalache”, de Discépolo, fuese la más adecuada a la práctica de una tarea tan noble y de una ciencia tan elevada, como es el arte de hacer política y de investigar y teorizar respecto de ello.
Cuando se habla de por qué en lugar de apoyar criticamos, y se nos condena, no es mala idea que pensemos que hay ciertos límites (proporciones) que deben encuadrarse dentro de la prudencia para compartir en disidencia. Pues una cosa es disentir ideológicamente y otra, totalmente opuesta, tolerar la corrupción.
Quién se negara a colaborar con un gobierno de distinto signo político, pero caracterizado por la honestidad de sus funcionarios, cometería un error propio de un sectarismo reprochable. La idoneidad es muy valiosa para ocupar un cargo público, y no debería retacearse a quién recurriera a ella para gobernar bien. Ello no quiere decir que en consecuencia se deba convalidar una gestión cargada de personas con cualidades non sanctas.
Nadie debería pretender perfección. La gestión gubernamental no es celestial, es humana. Pero el bien de la sociedad requiere que ésta sea gobernada por muchas más personas idóneas y honestas que simplemente deshonestas.
Se puede ser honrado y honesto y se puede gobernar con prudencia.
Negarse a convalidad la deshonestidad en la función pública es patriotismo.
Jamás estará garantizado el progreso en manos de quienes piensan y actúan en concordancia con Maquiavelo, porque “jamás el fin justifica los medios”.
A la historia sólo la honran los líderes decentes. Y para poder ser decente se debe empezar por no mentir.
Quienes practican la política deben ser paradigmáticos; no impresentables, por inteligentes que parezcan. Es claro, a aquéllos hay que ir a buscarlos, estos están siempre en oferta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario