Algunas certezas y muchas dudas
por Mario Alarcón MuñizLa década del kirchnerismo es un buen motivo para sobrevolar los grandes temas nacionales. Hubo avances, pero también estancamientos, retrocesos y problemas pendientes. Son diez años. No es poco tiempo.
Debe y haber, activos y pasivos, ganancias y pérdidas, acreencias y deudas. Todo tiene que aparecer. Con esa información, no se duda de los resultados. Están a la vista. El balance debe mostrarlos con exactitud porque de números se trata. Un balance político, en cambio, permite interpretaciones diferentes. En rigor no configura un balance, sino una evaluación. Lo que es positivo para unos, puede ser negativo para otros. Y hay que aceptarlo porque no hablamos de matemáticas, sino de política.
Los diez años de gobierno K son motivo de estudios y reflexiones. Lo merecen. Hemos cerrado una década intensa, derivada de la peor crisis argentina que se recuerde. Desde ese punto de partida, todo lo ocurrido es consecuencia del clamor “¡que se vayan todos!”, dominante a fines de 2001, aunque haya caído en el olvido. Al final se quedaron todos (o casi todos) y produjeron lo que tratamos de evaluar.
Depender del campo
No se duda de la evolución del país luego de soportar atrasos salariales, corralito, patacones, federales, recesión, desocupación, pobreza, entre otras calamidades. Eran graves y amontonadas. En la actualidad el panorama es otro.
Conviene anotar que a principios de 2003, cuando se produjeron las elecciones, la economía ya insinuaba cierta recuperación, tras abandonar la paridad con el dólar, según lo habían dispuesto un año antes el presidente Duhalde y el ministro Lavagna para hacer frente a la emergencia. Aquél recurso audaz -devaluación con riesgo de inflación- fue clave. Los productos primarios argentinos, reclamados cada vez con mayor insistencia y mejores precios por muchos compradores del mundo, comenzaron a recuperar su valor. Divisas fuertes entraron desde ese momento, consolidándose la tendencia en los primeros dos años del presidente Kirchner.
Los interesantes índices de crecimiento registrados entonces, se redujeron a partir de 2009, cuando no se estancaron. Hoy revelan que la economía argentina no avanza. Sigue dependiendo de las cosechas, como hace 150 años.
Estilo confrontativo
Por esa dependencia -entre otras razones- no se explica que el gobierno haya abierto en 2008 un frente de dura confrontación con el campo. Y no le fue bien a nadie: ni al gobierno ni a los productores que esta semana reanudarán un ciclo de reclamos públicos.
Ha sido la confrontación el recurso preferido por el gobierno en la década. Como método es antiguo. Casi todos los países del mundo -a excepción de sirios y talibanes- han optado en los últimos años por buscar la solución de los problemas mediante el diálogo y el consenso, actitudes que en principio implican respeto por la opinión ajena.
Para el gobierno carece de sentido dialogar. Kirchner decidía por su cuenta. No conversaba o lo hacía con sus allegados, entre ellos Lavagna hasta 2005 cuando éste dejó de ser ministro. CFK tampoco es muy afecta a los encuentros con quienes no pertenezcan a su círculo íntimo. No hay reuniones de gabinete ni ruedas de prensa. Mucho menos reportajes. Cada tanto la Presidenta dirige mensajes a través de la cadena nacional de radio y tv, donde es voz única. Suele convocar a la unidad y el entendimiento, pero se ahorra el primer paso. De ahí las frecuentes acusaciones de autoritarismo y falta de diálogo, signos distintivos de este gobierno.
Trabajo para todos
En la década cayeron la desocupación y la pobreza porque hubo mayor actividad económica, a partir de los buenos vientos del comercio internacional. La reactivación del mercado interno mediante el estímulo del consumo, produjo resultados favorables que no han sido constantes. En los dos últimos años se advierte un retroceso en ese sentido, agravado por la inflación que el gobierno se niega a reconocer y por lo tanto a resolver.
Los planes sociales, particularmente la Asignación Universal por Hijo, han contribuido a solucionar situaciones muchas veces angustiosas. Sin embargo, a nadie escapa que los planes no serían necesarios si hubiera trabajo genuino y legítimo para todos. Este ha sido el déficit mayor de los diez años transcurridos. Ya no sirve comparar con 2001. Ha pasado un tiempo suficiente para recuperar el trabajo nacional y no se ha logrado.
Fondos y subsidios
Se rescataron los fondos previsionales privatizados por Menem y Cavallo, aplaudidos entonces por gran cantidad de actuales gobernadores, legisladores y funcionarios. El Estado dispone ahora de los recursos de la Anses, no siempre para los jubilados.
La expropiación de la mayoría accionaria de YPF vino bien para motivar adhesiones y punto. Más de un año después no se observa que la empresa desempeñe un papel protagónico en la política energética nacional, mientras la importación de combustibles crece a niveles excesivos.
No es muy distinto el problema de Aerolíneas Argentinas. Recuperada la empresa en 2008, el caudal de subsidios volcados a su funcionamiento sobrepasa los límites razonables. También los trenes están subsidiados. Y no funcionan o lo hacen de manera lamentable.
Confusiones
Hay confusiones respecto de los derechos humanos. Las leyes de punto final y obediencia debida fueron anuladas por el Congreso en 2003 al aprobar un proyecto de la diputada Walsh. Al año siguiente la jueza Cristina Garzón las declaró “insanablemente nulas”, habilitando la reanudación de los juicios a genocidas. Varios jueces declararon inconstitucional el indulto de Menem, fallos respaldados en 2006 por la Cámara de Casación Penal y en 2007 por la Corte Suprema de Justicia que dispuso la nulidad de toda esa legislación. El Poder Ejecutivo tuvo la mejor disposición, pero las actuaciones directas correspondieron al Congreso y la Justicia rehabilitando los juicios, varios de los cuales todavía continúan.
Mientras tanto, la política de derechos humanos está dejando afuera (otra vez) a los pueblos originarios. Los primeros conquistadores no consideraban humanos a los indígenas. Algunos funcionarios actuales piensan y proceden como hace 500 años.
No ha favorecido al gobierno la arremetida de los últimos meses sobre el Poder Judicial y mucho menos su obsesión por el grupo Clarín, apuntado como el responsable de todos los males que padecemos los argentinos. Mientras tanto ha crecido de manera notable la cantidad de medios oficiales o de servidores del poder que se burlan de la propia ley de medios.
La corrupción ha crecido de manera preocupante en todos los niveles. El federalismo ha desaparecido. Son temas pendientes al cierre de una década que deja más dudas que certezas acerca del futuro.
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