PRESENTÁNDONOS EN SOLIDARIDAD
La solidaridad es un sentimiento
profundo nacido de las raíces mismas de las necesidades, que se ha transformado,
a lo largo del tiempo, en las alas salvadoras de la humanidad.
Es el pasado que está hoy aquí, en cada
espacio que ocupemos, llamándonos a la reflexión, a que no nos entreguemos a la
indiferencia, que es la muerte. Peor que la misma muerte. Sucede cuando se está
en la vida como si no existiera su parte bella.
Cuánto amor tenemos para dar y cuánto
desperdiciamos en el vacío.
Ser indiferentes es más que odiarnos,
pues odiándonos sentimos que existimos. Pero se puede vivir sin odio y esto es
lo importante.
El individuo vino al mundo. Lo trajeron.
Le tocará lidiar con la existencia. Y se hará luego responsable de estar en él.
Al nacer somos un regalo, o resultado de
un proyecto instintivo, al que se le imprime una porción volitiva que el azar
se encarga de concretar en la unión del espermatozoide y el óvulo. Extrema es
la desigualdad numérica.
Millones de espermatozoides quedan en el camino,
competidores que fueron de una carrera extraordinaria sin la más mínima idea
del objetivo. De esta competencia multitudinaria llega uno solo. He ahí el
“milagro”.
¿Quién lo dispuso?
Los creyentes determinarán que es obra
de Dios. Los no creyentes encontrarán explicaciones científicas, solamente.
Lo cierto es que sea como fuere los
seres humanos hemos encontrado entre muchas cosas el camino del amor.
Tenemos derecho a rechazarnos, pero no
podemos negar que es superior al derecho del rechazo el deber del encuentro
afectivo y social.
No deberíamos permitir que nos dividan
las religiones, los partidos políticos, la pasión del deporte. No. Todo ello
debe servir para unirnos y realizar las parcialidades de la verdad que nos
correspondan. Hay mucho bueno para hacer.
Deberíamos tomar conciencia de que un
mundo mejor es posible.
Este mundo mejor surgirá de una vez y
para siempre cuando comprendamos la importancia que tiene esa actitud volitiva
previa a la reproducción, en tanto y en cuanto hagamos de la pedagogía la
ciencia coordinadora de todas las demás, para conseguir colectivamente la
armonía emancipadora del hombre y de los pueblos.
Sería como rendir homenaje a toda la vida potencial que la naturaleza
invierte para que haya tenido el individuo el “privilegio” de nacer.
La vida no nos aguarda con todo resuelto
para ni bien haber nacido podamos satisfacer todas las necesidades
individuales.
Cada uno es un nuevo ser que se
incorpora a una sociedad llena de errores, de vicios, de deformaciones, de
enfermedades y necesidades distintas.
Maravilloso desafío que asumimos para
enfrentar la realidad solidariamente.
Para ello debemos entender mejor a la
naturaleza que merece por todo lo expuesto y por ese poder de pertenencia que
ejerce sobre nosotros, que promovamos en nosotros el sentido de pertenencia
respecto de ella. Respetándola. Amándola.
La solidaridad es la ayuda mutua
realizada con amor.
Podríamos empezar a organizarnos,
siguiendo pasos que otros han dado con eficacia, en torno a tareas constructivas.
Sembrando con el ejemplo nuevas alternativas, y leyendo en el pasado lo que le
permitió subsistir a la especie humana, tomando como base la solidaridad. Nadie
es imprescindible, pero todos somos necesarios.
Que las guerras, la pobreza, y en general
las calamidades inventadas por el hombre, sean nada más que alimento de los
museos que le muestren a las generaciones venideras cuánto hemos perdido de
vivir mejor, por culpa del egoísmo ensamblado en el capitalismo. Mostrarles
también los efectos de los vicios absurdos y de la corrupción, característicos
de la mal llamada mano invisible del mercado, sostenida y amparada por los
mercaderes del templo en simulación perfecta.
La solidaridad es inherente a nuestra
especie. Está a nuestro alcance como alternativa fundamental para desplazar las
injusticias del capitalismo salvaje, así definido por Juan Pablo II y recordado
como “SISTEMA NEFASTO”, por Juan Pablo I.
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